Macedonio Fernández | No toda es vigilia la de los ojos abiertos
El Hombre es la unidad místico-práctica; lo humano del hombre es esta
adunación. Es tan práctico como el cordero que se ampara del cierzo, tras el
tronco amplio. Y tan místico que a veces por enfatizar el ser, porque algo sea
siempre y sea más -el ser es el credo de la mística- concibe; para
contrastarlo, la muerte. ¿Cuál? La suya propia, pues si es requerido que algo
muera, quien precisará morir es él, cuyo vivir es el del Mundo, pues en esta
perplejidad o defecto de su vocación mística confunde vivir y percibir. ¿Dónde
su muerte? En el pasado y porvenir, palabras de dos muertes, de los que hace
vivos para que contengan su muerte propia imposible. La palabra del ser es el
presente. Cree figurarse a veces que su individuo psíquico comenzó en dado
tiempo y que será otra vez nada en tiempo que vendrá; que es preexistido y
postexistido por el mundo.
Esta frustración es, creo yo, una obtención momentánea de la Estética o costa de la Mística. Sólo Tragedia es Beldad y sólo Muerte es Tragedia. Todas las bellezas son la actuación de la muerte; son el vivir de la muerte, su alusión. Lo bonito, ha dicho Schopenhauer, es lo opuesto de lo bello. ¿Por qué? No lo dice, y creo poder decirlo: porque no nos conversa de la muerte. Unas veces la practicidad, otras la estética, confunden o interrumpen la vocación mística.
Las únicas muertes que el hombre conoce son aquellas a que se sobrevive: el sueño profundo, el desmayo y los múltiples mínimos instantes de cada día en que nada se siente o piensa. Esto no lo detiene de creer a veces que concibe una muerte que dure tanto como el porvenir. Tampoco lo lleva a advertir cuán poco se dependen el cuerpo y el alma, el espectáculo cotidiano suyo de que el cuerpo exista sin alma, sin pensamiento, sin sentimiento, lo que toma mitad de su tiempo de vida individual. Porque algo se rompe cree, a veces, el hombre, que muere, y sus despertares cotidianos, el nacimiento suyo de cada mañana, sin escándalos de la Materia, no alcanzan, a veces a retenerlo en su sentido místico; cuando bien significa ese fácil desentenderse del alma y cuerpo que el vínculo de causa les es extraño. Toda la mística está en este aserto: Ser y Presente son una sola noción. Unidas en el hombre la facultad mística y práctica, ocurren rebases de ésta en aquella. La practicidad, como la estética, desordenan a veces la actitud mística de distinto modo. Meras practicidades como son la causalidad, el tiempo, el espacio, el yo, la materia, echan fantasmas en el alma mística y engendran perplejidades como la envuelta en esta pregunta o seudopregunta: ¿Cómo fue causada la realidad? ¿Cómo empezó? El asombro de ser, de que algo sea, es obra de esta confluxión, y la crítica del conocimiento o metafísica la remueve, con su aserto único: tiempo, espacio, causalidad, materia y yo nada son, ni formas de juicio, ni intuiciones. El mundo, el ser, la realidad, todo, es un sueño sin soñador; un solo sueño, sólo un sueño y el sueño de uno solo, por tanto, el sueño de nadie, tanto más real cuanto más es enteramente un sueño. Lo irreal, la inexistencia, es la Materia, supuesto excitante de aquel sueño; la materia, lo que nunca pudo ser, pues, no es soñable.
Esta frustración es, creo yo, una obtención momentánea de la Estética o costa de la Mística. Sólo Tragedia es Beldad y sólo Muerte es Tragedia. Todas las bellezas son la actuación de la muerte; son el vivir de la muerte, su alusión. Lo bonito, ha dicho Schopenhauer, es lo opuesto de lo bello. ¿Por qué? No lo dice, y creo poder decirlo: porque no nos conversa de la muerte. Unas veces la practicidad, otras la estética, confunden o interrumpen la vocación mística.
Las únicas muertes que el hombre conoce son aquellas a que se sobrevive: el sueño profundo, el desmayo y los múltiples mínimos instantes de cada día en que nada se siente o piensa. Esto no lo detiene de creer a veces que concibe una muerte que dure tanto como el porvenir. Tampoco lo lleva a advertir cuán poco se dependen el cuerpo y el alma, el espectáculo cotidiano suyo de que el cuerpo exista sin alma, sin pensamiento, sin sentimiento, lo que toma mitad de su tiempo de vida individual. Porque algo se rompe cree, a veces, el hombre, que muere, y sus despertares cotidianos, el nacimiento suyo de cada mañana, sin escándalos de la Materia, no alcanzan, a veces a retenerlo en su sentido místico; cuando bien significa ese fácil desentenderse del alma y cuerpo que el vínculo de causa les es extraño. Toda la mística está en este aserto: Ser y Presente son una sola noción. Unidas en el hombre la facultad mística y práctica, ocurren rebases de ésta en aquella. La practicidad, como la estética, desordenan a veces la actitud mística de distinto modo. Meras practicidades como son la causalidad, el tiempo, el espacio, el yo, la materia, echan fantasmas en el alma mística y engendran perplejidades como la envuelta en esta pregunta o seudopregunta: ¿Cómo fue causada la realidad? ¿Cómo empezó? El asombro de ser, de que algo sea, es obra de esta confluxión, y la crítica del conocimiento o metafísica la remueve, con su aserto único: tiempo, espacio, causalidad, materia y yo nada son, ni formas de juicio, ni intuiciones. El mundo, el ser, la realidad, todo, es un sueño sin soñador; un solo sueño, sólo un sueño y el sueño de uno solo, por tanto, el sueño de nadie, tanto más real cuanto más es enteramente un sueño. Lo irreal, la inexistencia, es la Materia, supuesto excitante de aquel sueño; la materia, lo que nunca pudo ser, pues, no es soñable.
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