Lispector | La relación de la cosa
Esta cosa es
más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se
desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de
ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en
realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros
necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj.
No voy a
hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro:
digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la
antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene
despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’.
Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el
instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma
tranquila.
No es de
muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en
la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual.
Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues
lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No
tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas
personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a
lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a
allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros
relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer.
Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es
de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que
debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi.
Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo
que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también
es importante dormir para soñar con la falta de tiempo.
Sveglia es
el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve?
Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay
personas que también vienen de Marte.
Están
ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen
un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la
realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es
paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía?
De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él
no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme,
Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser.
Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres
funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece.
Eres tú quien hace acontecer las cosas.
Acontéceme,
Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento
sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el
resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme
vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en
el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será
que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una
cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amar fue
demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que
éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte
importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir
corrompiéndose importa mucho. Un vivir seco: un vivir esencial.
Si él se
quebrara, ¿creería que murió? No, sería simplemente fuera de sí mismo.
Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe por tu dueña que necesitas
una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe, también, en
secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos
golpecitos muy simples y tú nunca más te paraste. Yo te entiendo, te
perdono: tú viniste de Europa y necesitabas un mínimo de tiempo para
aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia? ¿Tú
eres tiempo que para?
Yo oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma.
Es como en el interior de las personas: uno se despierta de dentro hacia afuera.
Parece que
su electrónico-Dios se comunica con nuestro cerebro electrónico-Dios: el
sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como un
caballo blanco suelto y sin silla.
Yo supe de
un hombre que poseía un Sveglia y a quien aconteció Sveglia. Él caminaba
con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay
macumba1 ahí. El padre retrocedió (¿no es que pisó de lleno
en la vela encendida, apagándola?). No pareció haber ocurrido nada, lo
que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando
despertó vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los
amigos médicos que no apreciaron ninguna señal de herida: el pie estaba
intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja la
piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve
médicos decidieron que era gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo
marcaron para el día siguiente, a una hora exacta. El hombre se durmió. Y
tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirle y él huía
como un loco. Todo eso pasaba en el Campo de Santana. El caballo blanco
era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo suerte. El caballo le
golpeó el pie, pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando.
Pensaron que estaba nervioso, le explicaron que eso sucedía cuando se
estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez.
Cuando despertó, miró hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco
y del tamaño normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron
explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia contra el cual sólo un
caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación.
Sólo que no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del
caballo de arreos de plata, de vela apagada, del Sveglia. Pero Sveglia
quiso triunfar y ocurrió una cosa. La esposa de ese hombre, en perfecto
estado de salud, en la mesa del comedor, comenzó a sentir fuertes
dolores en los intestinos. Interrumpió la comida y se fue a echar a la
cama. El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le
tomó el pulso: no había. La única señal de vida era que su frente se
perlaba de sudor. Llamaron al médico que dijo que podía ser un caso de
catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo
sobre él movimientos simples, como él mismo los había hecho cuando el
Sveglia se paró, movimientos que no sabía explicar.
La mujer
abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que
Dios la guarde. Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que
tiene que ver, tiene. ¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es
plaza de pájaros, palomas y quatis?2 Muy enjaezado, con
adornos de plata, de crines altivas y erizadas. Corriendo rítmicamente
contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa.
Estoy en
perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo
profundamente y me oyeron decir en voz alta: ¡quiero tener un hijo con
Sveglia!
Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento. En la Tierra se miente mucho.
Yo pasé
cinco años sin engriparme: eso fué por el Sveglia. Y cuando me engripé,
duró tres días. Después me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó
un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia.
Ésta es una
relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite
transmisión. Mal admite que yo llame a esto relación. Lo llamo relato
de misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como el champán
ultraseco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con
más dureza con relación al Sveglia? No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia
no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato. Además, Dios no tiene
nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie su
verdadero nombre.
Sveglia es
estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar. Voy a decir ahora algo
muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende, no
piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero
Él comete muchos errores. Y sabe que los comete. Basta mirarnos a
nosotros mismos, que somos un error grave. Basta ver el modo como nos
organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay un error
que Él no comete: Él no muere. Sveglia tampoco muere. Todavía no vi al
Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sobre todo, con
relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los
celos llegan a mojar, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el
riesgo de mojarse de sentimientos. El gallo es Sveglia. El huevo es puro
Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascara seca,
completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer
la yema cruda es Sveglia.
¿Quieren ver
qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué?
Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato.
La discusión
es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que
tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces
ella se puso furiosa — eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas
—tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó
bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar.
Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así. Es fatal.
Tengo sueño.
¿Estará permitido? Sé que voy a soñar con el Sveglia. El número está
permitido. Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos.
De novela, ni se puede hablar. Tuve una empleada por siete días, llamada
Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba
triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, sólo. Ella era
Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de
sentimiento.
Suecia es Sveglia.
Pero ahora me voy a dormir, aunque no debo soñar.
El agua, a
pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el
estilo no es. Tener senos es. El órgano masculino es muy Sveglia. La
bondad no es. Pero la nobondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a
maldad.
¿Estaré
escribiendo mojado? Me parece que sí. Mi sobrenombre es. Ya el primero
es muy dulce, es para el amor. No tener ningún secreto —y, sin embargo,
mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, las reticencias no
son. Si alguien llega a entender este mi irrevelado relato, ese alguien
es. Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no.
Mi cara es. Probablemente la suya también es. El whisky es. Y, por
increíble que parezca, la Coca-cola es, pero la Pepsi-cola nunca fue.
¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-cola?
Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es.
Ahora voy a
contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta
historia fue una persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia.
Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no se cuida— mata.
La historia
es la siguiente: Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en
Guanabara. La mujer de la historia era muy desgraciada porque tenía una
herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido
era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada de
comer. Pero ese cartero tomó sobre sí la responsabilidad de hacer feliz
a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación.
Le mostró a una vecina que era estéril y sufría mucho por eso. No había
modo de tener un hijo. Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener
hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida. Le enseñó también
el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la
golpeaba, a ella y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca
había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la hizo feliz. Todas
las noches ellos tenían pena de la vecina estéril y de la que era
golpeada por el marido. Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser
feliz es Sveglia. Todas las noches.
Yo quería
llegar a la página nueve en la máquina de escribir. El número nueve es
casi inalcanzable. El número trece es Dios. La máquina de escribir es.
El peligro de pasar a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con
los sentimientos de la persona que está escribiendo.
Yo aborrecí
el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo
Garitón es seco, es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador.
Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer propaganda gratis al
Garitón. Pero, en cuanto a la Coca-cola, no perdono.
Quiero mandar este relato a la revista Senhor y quiero que me paguen muy bien.
Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es.
Me parece
que voy a encerrar este relato esencial para explicar los fenómenos
enérgicos de la materia. Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir.
Hasta nunca
más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar
son más que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando
por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar mezcla masculino y
femenino y nace en el aire un hijo que es.
La dueña del
reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos
agujeritos oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de
palabras, sonido de satén. Tiene un disco interior dorado. El disco
exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio,
metal volando. ¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de
urgencia y quedo incapacitada de juzgar esta pregunta sin implicarme
emocionalmente. No me gusta esperar.
Un cuarteto
de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clave
tiene un elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos.
Cosa de alma de otro mundo.
Sveglia,
¿cuándo me dejarás en paz? ¿Me vas a perseguir toda la vida,
transformando la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría
poder escribir una historia: un cuento o novela o una transmisión. ¿Cuál
va a ser mi próximo paso en la literatura? Me parece que no escribiré
más. Pero también es cierto que otras veces pensé que no escribiría más,
y escribí. ¿Y qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la
matemática del Sveglia y sólo sabré hacer relaciones ?
Ahora voy a
terminar este relato de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a
tomar un baño antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un
secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste y un poco áspero, con
una dulzura escondida. Él es.
Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste. Ya morí y me estoy pudriendo. Morir es.
Y ahora, ahora adiós.
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