Estado de gracia (fragmento)
Quien ya conoció el estado de gracia reconocerá lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial que tantas veces adviene a los que lidian con el arte.
El estado de gracia del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan sólo para que se sepa que realmente se existe. En ese estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puedo llamar leve porque en estado de gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, se sabe.
Y hay una bienaventuranza física que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un don porque se está experimentando, en una fuente directa, la dádiva indudable de existir materialmente.
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe - persona o cosa - respira y exhala una especie de finísimo resplandor de energía. La verdad del mundo es impalpable.
No es ni lejanamente lo que mal imagino sea el estado de gracia de los santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el estado de gracia de una persona que súbitamente se vuelve totalmente real porque es común, humana y reconocible.
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso es que, en estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Y no estando sin embargo precedida por los ángeles que, supongo, anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida viniera a anunciarme el mundo.
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance - no hay ningún trance -, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo tal cual éste es. También es un suspiro de saudade. Pues habiendo experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más. Inútil querer: sólo viene cuando quiere y espontáneamente.
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en la gracia de existir que los humanos. Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como raciocinio, lógica, comprensión.
En tanto los animales tienen el esplendor de lo que es inmediato y se dirige sin interferencias.
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos entendería jamás. Perderíamos el lenguaje común.
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque podría habituarme a la felicidad - olvidé decir que en estado de gracia se es muy feliz - Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas, porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no sentiríamos la necesidad de intentar ayudar a quienes lo necesitan -todo por tener en la gracia la compensación y el resumen de la vida.
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría a querer vivir permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y perplejidad y alegrías menores.
También es bueno que el estado de gracia dure poco. Si durara mucho, bien lo sé, yo que conozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando entrar en los misterios de la Naturaleza. En lo que intentara, por otra parte, estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada exige, se desvanecería si pasáramos a exigir de ella una respuesta. Es necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada a éste, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que se entró. Se probó algo que parece redimir la condición humana, aunque al mismo tiempo se acentúen los estrechos límites de esta condición. Y precisamente porque después de la gracia la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más, a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una suerte de confianza en el sufrimiento y en sus caminos a veces intolerables.
Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a cambio de unos minutos de gracia.
Clarice Lispector
El estado de gracia del que hablo no se usa para nada. Es como si viniera tan sólo para que se sepa que realmente se existe. En ese estado, además de la tranquila felicidad que irradia de personas y cosas, hay una lucidez que sólo puedo llamar leve porque en estado de gracia todo es tan, tan leve. Es la lucidez de quien no adivina más: sin esfuerzo, sabe. Sólo eso: sabe. No pregunten qué, porque sólo puedo responder del mismo modo infantil: sin esfuerzo, se sabe.
Y hay una bienaventuranza física que a nada se compara. El cuerpo se transforma en un don. Y se siente que es un don porque se está experimentando, en una fuente directa, la dádiva indudable de existir materialmente.
En el estado de gracia se ve a veces la profunda belleza, antes inalcanzable, de otra persona. Todo, además, gana una especie de nimbo que no es imaginario: viene del esplendor de la irradiación casi matemática de las cosas y las personas. Se pasa a sentir que todo lo que existe - persona o cosa - respira y exhala una especie de finísimo resplandor de energía. La verdad del mundo es impalpable.
No es ni lejanamente lo que mal imagino sea el estado de gracia de los santos. Ese estado jamás lo conocí y ni siquiera logro adivinarlo. Es sólo el estado de gracia de una persona que súbitamente se vuelve totalmente real porque es común, humana y reconocible.
Los hallazgos en ese estado son indecibles e incomunicables. Y por eso es que, en estado de gracia, me mantengo sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Y no estando sin embargo precedida por los ángeles que, supongo, anteceden al estado de gracia de los santos, es como si el ángel de la vida viniera a anunciarme el mundo.
Después, lentamente, se sale. No como si se hubiera estado en trance - no hay ningún trance -, se sale lentamente, con un suspiro de quien tuvo el mundo tal cual éste es. También es un suspiro de saudade. Pues habiendo experimentado recibir un cuerpo y un alma y la tierra, se quiere más y más. Inútil querer: sólo viene cuando quiere y espontáneamente.
No sé por qué, pero creo que los animales entran con más frecuencia en la gracia de existir que los humanos. Sólo que ellos no lo saben, y los humanos lo notan. Los humanos tienen obstáculos que no dificultan la vida de los animales, como raciocinio, lógica, comprensión.
En tanto los animales tienen el esplendor de lo que es inmediato y se dirige sin interferencias.
Dios sabe lo que hace: creo que está bien que el estado de gracia no se nos conceda con frecuencia. Si así fuera, tal vez pasaríamos definitivamente hacia el otro lado de la vida, que también es real pero nadie nos entendería jamás. Perderíamos el lenguaje común.
También es bueno que no venga tantas veces como yo querría. Porque podría habituarme a la felicidad - olvidé decir que en estado de gracia se es muy feliz - Habituarse a la felicidad sería un peligro. Seríamos más egoístas, porque las personas felices lo son, menos sensibles al dolor humano, no sentiríamos la necesidad de intentar ayudar a quienes lo necesitan -todo por tener en la gracia la compensación y el resumen de la vida.
No, incluso si de mi dependiera, no querría tener con mucha frecuencia el estado de gracia. Sería como caer en un vicio, me atraería como un vicio, me volvería contemplativa como los fumadores de opio. Y si apareciera más a menudo, estoy segura de que yo abusaría: empezaría a querer vivir permanentemente en gracia. Y esto representaría una fuga imperdonable del destino simplemente humano, que se hace con lucha y sufrimiento y perplejidad y alegrías menores.
También es bueno que el estado de gracia dure poco. Si durara mucho, bien lo sé, yo que conozco mis ambiciones casi infantiles, acabaría intentando entrar en los misterios de la Naturaleza. En lo que intentara, por otra parte, estoy segura de que desaparecería la gracia. Pues ella es dádiva y, si nada exige, se desvanecería si pasáramos a exigir de ella una respuesta. Es necesario no olvidar que el estado de gracia es solamente una pequeña abertura hacia una tierra que es una especie de calmo paraíso, pero que no es la entrada a éste, ni que da derecho a comer de los frutos de sus quintas.
Se sale del estado de gracia con el rostro límpido, los ojos abiertos y pensativos y, aunque no se haya sonreído, es como si el cuerpo todo viniera de una sonrisa suave. Y se sale mejor criatura de lo que se entró. Se probó algo que parece redimir la condición humana, aunque al mismo tiempo se acentúen los estrechos límites de esta condición. Y precisamente porque después de la gracia la condición humana se revela en su pobreza implorante, se aprende a amar más, a perdonar más, a esperar más. Se pasa a tener una suerte de confianza en el sufrimiento y en sus caminos a veces intolerables.
Hay días que son tan áridos y desérticos que yo daría años de mi vida a cambio de unos minutos de gracia.
Clarice Lispector
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